FUENTE: Tribuna de Periodistas (TDP).
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| Fuente: TDP. |
Para tomar dimensión de esta epopeya, basta comparar el tamaño de ambos países. El territorio ucraniano representa apenas el 3,5% del ruso. Es decir, entran en Rusia unas aproximadamente 28 Ucranias. Asimismo, la población de Ucrania era, al inicio de la guerra, solo el 28% de la rusa. En cuanto a la economía, el producto total anual de Ucrania en 2021 fue apenas el 11% del ruso.
Al ver estas cifras, uno comprende por qué Putin pensó que la guerra duraría unos pocos días. Pero Ucrania resistió contra todo pronóstico. Rusia solo llegó a conquistar el 27% del territorio ucraniano en el punto máximo de la ocupación. Hoy el territorio ocupado ronda el 20% y Ucrania ha penetrado las líneas rusas en Járkov y Donetsk. El ejército ruso ganó 40 kilómetros cuadrados entre diciembre y mayo, pero perdió 281.
Hay quienes pretenden minimizar la gesta ucraniana con el argumento de que habría recibido mucha ayuda económica de sus aliados occidentales. Aún así, contabilizando toda la ayuda recibida, el gasto bélico total de Rusia supera con creces al de Ucrania. Sobre todo, porque el gasto ruso se asigna en casi un 100% al esfuerzo bélico directo, mientras que el gasto ucraniano se reparte entre el esfuerzo bélico, el sostenimiento del aparato estatal y la reconstrucción. No hay que olvidar que la guerra ocurre casi en su totalidad en territorio ucraniano y que este país carga con prácticamente toda la destrucción. Por otra parte, por más ayuda externa que reciba Ucrania, los soldados los puso ella sola, contra un país con mucha más población y un ejército mucho más grande. Para darnos una idea de este sacrificio y de la eficiencia de los soldados ucranianos, las bajas totales de Rusia desde el inicio de la invasión ascienden a 1.200.000, mientras que las de Ucrania llegan a la mitad, unas 600.000.
Otro elemento destacado de la hazaña ucraniana es haber mantenido en funcionamiento sus instituciones democráticas en medio de una invasión a gran escala. La guerra suele favorecer la concentración del poder, incluso cuando ocurre en el extranjero. Y en este caso hablamos de un pueblo que sufre desde hace cuatro años ataques y bombardeos constantes. Sin embargo, la democracia se ha sostenido.
Es cierto que, con toda lógica, no se celebraron elecciones desde el inicio de la invasión. De hecho, la propia ley ucraniana lo prohíbe mientras dure el estado de guerra. Y es perfectamente razonable que así sea. Pero, más allá de la postergación del calendario electoral, el Estado de Derecho, la división de poderes, los mecanismos de transparencia y la movilización ciudadana han persistido, sorprendentemente, en el contexto bélico.
La presión ciudadana obligó al parlamento ucraniano a debatir y redactar una nueva Ley de Movilización en la primavera de 2024, buscando transparentar el reclutamiento. Las protestas de las familias de los prisioneros lograron, también, que el intercambio de cautivos se mantuviera como la máxima prioridad innegociable de la agenda internacional de Kiev. Y en 2025 una movilización ciudadana masiva obligó al gobierno a dar marcha atrás con una legislación que minaba la independencia de las agencias anticorrupción. Un pueblo que arriesga su vida a diario por la democracia, desde hace cuatro años, no parece dispuesto a permitir que la dañen o que se la arrebaten.
La proeza ucraniana no solo beneficia a los ucranianos. Ellos han detenido una política expansionista de Rusia que se inició en 2008, con la invasión de Georgia, y que fue escalando progresivamente. Sin dudas, dicha expansión iba camino a acelerarse si Ucrania caía rápidamente como pronosticaba Putin. Por otra parte, el fracaso de Rusia en Ucrania ha debilitado al gobierno de Putin, abriendo una ventana de oportunidad para su caída y una eventual democratización de Rusia. Finalmente, Ucrania demostró ante los ojos del mundo que una democracia bien organizada y comprometida con su independencia puede poner en jaque el aparato bélico de una dictadura mucho más grande. Esto es un mensaje contundente para todos los dictadores del planeta que fantasean con una conquista territorial o con la destrucción de una democracia rival. En este sentido, muchos analistas concuerdan en que, tras el gravísimo error y desgaste de Estados Unidos en Irán, uno de los principales motivos por los cuales China todavía no se ha lanzado a la conquista de la democracia taiwanesa, o por lo menos lo ha tenido que pensar dos veces, es, precisamente, el ejemplo ucraniano.
En definitiva, el sacrificio inmenso que realizan a diario los ucranianos desde hace cuatro años, resistiendo ataques, matanzas, destrucción continua de su infraestructura, bombardeos que pueden aparecer en cualquier momento y lugar, estrés crónico y masivo que afecta a toda la población, pérdida sistemática de seres queridos, migraciones masivas, etc., está beneficiando a todas las democracias del mundo.
Por eso, si no es por solidaridad y amor a la justicia —como debiera ser—, por lo menos por gratitud y visión estratégica, las democracias del planeta debiéramos comprometernos de lleno con la causa ucraniana. No me refiero a un apoyo simbólico o anímico, ni a darle algunos recursos económicos para que ellos se sigan sacrificando por nosotros y sintamos que hemos hecho nuestra parte. Lo que debiéramos hacer es enviar todo el apoyo militar que Ucrania esté dispuesta a recibir. Pues, eso es lo que nos gustaría que hicieran con nosotros si estuviésemos en esa situación. Y eso es lo que el heroico pueblo de Ucrania merece.

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