miércoles, 7 de enero de 2026

Venezuela, entre la transición democrática y el realineamiento neocolonial


Fuente: TDP.
    Maduro cayó. La euforia se desató entre millones de venezolanos dentro y fuera del país. Reclaman desde hace décadas un poco de libertad y dignidad; vivir sin miedo constante a la violencia política, el hambre y la opresión. El despiadado y abusivo dictador fue extraído por Estados Unidos en una operación realmente de película, sin una sola baja. Difícil imaginar un mejor final para el chavismo.
    Sin embargo, rápidamente la alegría se entremezcló con incertidumbre. Trump omitió mencionar a María Corina Machado en su conferencia y anunció que Estados Unidos gobernará el país hasta próximo aviso. Sin tapujos, proclamó a viva voz que pasaría a controlar el petróleo venezolano. Incluso afirmó, contra toda evidencia empírica, que Corina Machado carece de apoyo dentro de Venezuela. Llamativamente, intentó desvalorizar su liderazgo.
    Esto marca una nueva ruptura histórica de Trump con la democracia estadounidense. Fue el primer presidente en desconocer la legitimidad de las elecciones democráticas en ese país; el primero en intentar perpetuarse ilegalmente en el poder y en socavar el Estado de Derecho. Ahora, es el primero, también, en afirmar y legitimar una clara intención colonialista de parte de Estados Unidos.

    Algunos dirán que la súper potencia siempre fue colonialista, solo que decía una cosa y hacía otra. Desde luego, todo poder conlleva riesgos de corrupción y abuso. O de que intereses oscuros se inmiscuyan con pretextos legítimos. Mucho más si el poder es tan preponderante como el de la potencia norteamericana. Pero hay una gran diferencia entre la hegemonía y el imperialismo; entre el intervencionismo indirecto y el directo; entre promover la democracia de manera imperfecta o someter a un país para extraer sus recursos. El solo hecho de brindar una justificación pública legítima genera ciertas limitaciones. Quienes durante muchos años acusaron a Estados Unidos de ser una potencia imperial o colonial, quizás ahora empiecen a ver realmente lo que eso significa.
    Cuando Estados Unidos invadió Afganistán e Irak en 2001 y 2003, el presidente Bush se apresuró a afirmar que las tropas no ejercerían ninguna función de gobierno. De hecho, se le criticó el excesivo dogmatismo en este sentido. Los regímenes se habían derrumbado y reinaba la anarquía, pero los soldados estadounidenses adoptaron una actitud excesivamente pasiva, negándose a actuar como fuerza policial.
    A los pocos años de dichas invasiones, se sancionaron constituciones democráticas y se implementaron elecciones libres. De hecho, fuerzas políticas antiestadounidenses pudieron presentarse e incluso salir victoriosas. Casi dos décadas después, las intervenciones perdieron todo apoyo público. Estados Unidos abandonó Irak y Afganistán y se volvió a consolidar el autoritarismo. Las imágenes de la evacuación caótica en el aeropuerto de Kabul, con civiles corriendo detrás de los aviones, grabó a fuego, en la mente de todos, el fracaso de la democratización exógena.
    La reacción del electorado estadounidense fue descreer de las intervenciones a gran escala para democratizar naciones (“nation-building”). Las experiencias exitosas en la segunda posguerra mundial no serían trasladables al resto del mundo. Construir democracia lleva mucho tiempo de procesos culturales y sociales previos. La democracia no se puede imponer solo a través de la fuerza si no existen ciertas condiciones en el terreno.
    Ahora bien, lo que parecía ser un sabio aprendizaje de prudencia a la hora de promover la democracia, se combinó con un proceso de autocratización inédito en Estados Unidos. De hecho, al año 2025, mundialmente prestigiosos y reconocidos politólogos estadounidenses, como Steven Levitsky, Lucan A. Way y Daniel Ziblatt, afirmaron que Estados Unidos ya no podía considerarse una democracia. Había pasado a ser un híbrido entre democracia y autoritarismo (autoritarismo competitivo o autocracia electoral).
    Por lo tanto, el gran evento disruptivo en la política actual de Estados Unidos es la aparición y el avance del autoritarismo a nivel federal. Si bien en el Sur quedaron rémoras autoritarias tras la abolición de la esclavitud y la democratización “desde arriba” luego de la guerra civil (1861-1865), nunca desde entonces existió un gobierno nacional autoritario con la clara intención de desmantelar poco a poco la democracia. Ni mucho menos uno que fuera capaz de lograrlo.
  Las instituciones democráticas estadounidenses no han sido desarticuladas completamente. Es probable que ello jamás suceda. Pero Trump ha llevado el sistema a niveles de concentración del poder sin precedentes en ese país. Y esto impacta de lleno en la política exterior. Un presidente que no cuida la democracia puertas adentro, o que incluso intenta debilitarla, no va a asumir costos o riesgos para promoverla en el extranjero. Un electorado que aprende a tolerar el autoritarismo en casa, será mucho más tolerante con el autoritarismo puertas afuera. Para promover la democracia, primero se necesita ser una de ellas.
    Trump ha llevado a cabo una política exterior nacionalista y volátil, incluso por momentos contradictoria e impredecible. Esto ha incrementado su capacidad de negociación en el corto plazo, pero le quita a Estados Unidos sus fundamentos de poder de largo plazo. Ya no es la democracia inquebrantable que se percibía otrora. Sus aliados ya no sienten confianza para delegarle la responsabilidad de su seguridad nacional ni para asumir compromisos a largo plazo. Algunos incluso han optado por desestimarlo como proveedor principal de armamento.
    Las democracias del mundo ya no cuentan con la tranquilidad de saber que existe una democracia de escala continental y de poder inigualable comprometida con la defensa y protección de la democracia en el mundo. Hemos salido de la Pax Americana. El caso de Ucrania es aleccionador. Trump le retiró el apoyo y permitió que los rusos recuperaran la iniciativa y avanzaran en el terreno. Pensó que era la forma más rápida de ponerle fin a la guerra. Pero la resistencia de los ucranianos, el apoyo de Europa y la inflexibilidad de Putin lo obligaron a negociar con Ucrania. Entonces surgió la idea de apropiarse de las tierras raras ucranianas. Si la guerra no ha de terminar, entonces que sirva, por lo menos, para hacer negocios. No importa realmente si triunfa la democracia o el autoritarismo.
    En este contexto, Trump decidió arremeter contra Maduro en Venezuela. Habría negociado con Rusia su pasividad a cambio de haber disminuido fuertemente el apoyo a Ucrania. La nueva doctrina Monroe implicaría repartirse esferas de influencia con Rusia y China. Estas servirían para hacer negocios, controlar gobiernos y extraer recursos naturales. Muchos quedaron perplejos cuando escucharon de boca de Trump que Estados Unidos se haría cargo del gobierno de Venezuela. Ni en las invasiones a Afganistán e Irak el presidente estadounidense había llegado a decir eso.
    Estamos claramente ante un intento de “cambio de era” en la política exterior estadounidense. Si el cambio de era se concretará y perdurará dependerá seguramente de la medida y la velocidad con que la democracia estadounidense logre sobrevivir y recuperarse ante la arremetida de Trump. Si la democracia triunfa en Estados Unidos, es probable que lo haga también en Venezuela, o por lo menos que haya un intento serio en ese sentido —que, desde luego, no será nada sencillo—. Por el contrario, si Trump continúa acentuado y consolidando el poder autocrático de su movimiento MAGA, y logra colocar a un leal en la presidencia, la historia puede ser muy diferente.
    Será crucial, también, la presión que el pueblo venezolano ejerza en las calles. Corina Machado parece haber captado esto y ya les pidió a sus conciudadanos que estuvieran listos para movilizarse. Si la presión fuera demasiado fuerte, podríamos ver un desenlace similar al de Corea del Sur, con una autocracia pro estadounidense que poco a poco va cediendo poder a la ciudadanía. La diferencia es que en Corea del Sur no había sociedad civil ni presiones pro democracia cuando se instauró la dictadura pro norteamericana. En Venezuela hay una abrumadora mayoría pro democracia, políticamente organizada y con un liderazgo claro. Desperdiciar tamaña oportunidad para favorecer la democratización podría pagarse caro en el futuro.
    El riesgo es que, en lugar de una transición hacia la democracia, lo que se promueva desde Estados Unidos sea simplemente un realineamiento geopolítico de Venezuela. Esta saldría de la órbita rusa y china y pasaría a la esfera estadounidense. Pero este escenario no es incompatible con la continuidad de alguna variante de autoritarismo. Es más, para los objetivos que se propuso Trump, es más fácil negociar con una dictadura en decadencia y temerosa que con un amplio movimiento democrático en ascenso. Pero ese no sería el futuro por el que millones de venezolanos arriesgaron su vida. Por eso, solo resta esperar que las presiones pro democracia en Estados Unidos y en Venezuela sean tan agobiantes que se tornen ineludibles.

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