lunes, 13 de abril de 2020

Luces y sombras de la cuarentena argentina

Los puntos débiles de la estrategia oficial para el coronavirus


Fuente: TDP.
         El gobierno argentino ha logrado instalar la idea de que su manejo de la crisis del coronavirus ha sido impecable, que somos “modelo” para el resto del mundo y que todo se está haciendo a la perfección. Sin embargo, hay datos y argumentos para pensar que la realidad no es tan así.
         El oficialismo puede decir a su favor, y con razón, que no subestimó la pandemia y que reaccionó rápido y con contundencia. De eso no hay dudas: Un punto a favor de Alberto Fernández y su equipo de gobierno.
         Ahora bien, lo que están haciendo es ir a lo seguro en lo sanitario, sin preocuparse por la economía. “La economía se cae y se levanta”, nos repite Alberto, como si en el proceso de caerse y levantarse no quedaran vidas arruinadas, gente en la calle, desempleados, muertos por problemas de alimentación y salud, estrés y depresión, familias quebradas, niños malnutridos con el futuro hipotecado, etc. La economía no es algo tan fácil de quitar de la balanza. No son números, sino personas, proyectos y, también, vidas.


         Esto no pretende ser una crítica fácil. La situación es difícil. Debe ser complejo estar en el lugar de Alberto Fernández y de cualquier primer mandatario del planeta en estos momentos. Pero eso no los hace infalibles y las críticas constructivas son necesarias para alimentar el debate público y que las decisiones sean mejores.
         Es más fácil mostrar logros en materia de sanidad si es lo único que uno pone en la balanza. Si todas las fichas, energías y recursos se orientan a detener el coronavirus, sin ninguna otra consideración, seguramente habrá logros al respecto. Podrán ser mayores o menores según la capacidad de gestión y la eficiencia del gasto, pero los habrá.
         El verdadero desafío es evitar que el sistema de salud colapse, sí, pero con el menor daño económico posible. Ahí está el quid de la cuestión. Cada gran crisis en Argentina va dejando sedimentos de exclusión, malnutrición, trabajo infantil, pobreza estructural, etc., que se van acumulando a pesar de los ciclos económicos. Nuestra economía ya venía mal. Tuvimos crisis profundas y crueles en 1989 y en 2001. No podemos tomar a la ligera una nueva gran crisis.
         Alberto Fernández anunció algunos créditos, pero las cifras son insuficientes (cerca del 30% de la masa salarial) y, después de todo, los créditos hay que devolverlos. No se van a poder devolver sin producción. Más allá de esta política de créditos, el gobierno no parece haber mostrado suficiente sensibilidad y preocupación por el problema económico. Negó que vaya a bajar impuestos, negó que vaya a bajar el sueldo de funcionarios y empleados públicos (lo cual podría habilitar cierta reducción de las cargas sobre las empresas), y sigue repitiendo una y otra vez que la economía se cae y se levanta, minimizando el drama de una nueva crisis para los argentinos, en especial para los más vulnerables.
         Además de lo anterior, el gobierno parece estar equivocándose a su favor al mostrar ciertas cifras de sus logros sanitarios; es decir, exagerando. Alberto Fernández se comparó con Chile en una conferencia de prensa, poniéndose como ejemplo por la menor cantidad de casos confirmados. Sin embargo, omitió el dato (no menor) de que Chile practica mucha mayor cantidad de testeos que Argentina. Es lógico que tenga más casos confirmados. Si se miran las muertes, que no se ven influidas por los testeos, Chile tiene menos (si bien es verdad que tiene menos población).
         Pero esto no es una competencia entre países. No tiene sentido tal comparación. Lo que sí alumbra el caso chileno es la falta de testeos masivos en Argentina. En Chile se realizaron 82.271 exámenes (4.228 por millón de habitantes), en comparación con Argentina que suma 19.758 (435 por millón) (lanacion.com.ar). Chile estaría reportando el 50% de los casos, siendo el 7º país del mundo en este indicador, mientras Argentina reportaría el 13%, en el lugar 38º, según un informe basado en un estudio de la London School of Hygiene & Tropical Medicine.
         Y esto nos lleva de nuevo al tema de la economía. La estrategia de testeos masivos fue descartada de plano por el gobierno argentino, sin mayor discusión, arguyendo que las pruebas rápidas tienen mayor margen de error. Es lógico que hayan actuado así, puesto que no están poniendo en la balanza el problema económico. Los testeos rápidos y masivos sirven, precisamente, para compensar una cuarentena más laxa y breve, que repercuta menos en la economía.
         Si el aislamiento social se afloja en beneficio de la reactivación productiva, la única forma de “ralentizar” (palabra que le gusta mucho al gobierno) la expansión de la epidemia es, precisamente, la práctica de testeos masivos: aislamiento absoluto para los que den positivo (y se puede agregar población de riesgo), con aislamiento atenuado, progresivo o por turnos, con excepciones más amplias, para los que den negativo. Se puede complementar con controles de fiebre. En Asia se instalaron cámaras de videovigilancia en la vía pública capaces de detectar a las personas con temperatura. Si esas personas dan negativo en el test rápido, se puede recurrir a la prueba más lenta, precisa y costosa, como respaldo. Todo esto, de nuevo, serviría para ralentizar el virus, evitar que el sistema de salud colapse (que es el mayor riesgo que genera el covbid-19), pero sin inmolar la economía (o causándole el menor daño posible).
         No soy experto en epidemiología, pero entre los mismos expertos vemos estas dos posturas, y hay casos de países muy exitosos con la estrategia de testeos masivos. Los países con mayor cantidad de testeos por habitante (como Islandia, Noruega, Alemania o Corea del Sur), son de los que menos muertes por coronavirus por millón de habitantes han presentado.
         Por eso, no puedo dejar de preguntarme, ¿está el gobierno argentino invirtiendo en la tecnología necesaria para los testeos masivos mientras se aplica el aislamiento generalizado y estricto? ¿O sólo le preocupa desacelerar el virus a cualquier costo, sin incluir en su análisis la economía? ¿No debería el aislamiento total ser una medida de excepción, lo más corta posible, mientras el país se prepara para enfrentar el virus de un modo menos costoso para la economía?
         Si existen formas de atender ambos problemas a la vez, de manera equilibrada, ¿por qué no intentarlo? ¿Cuántas vidas se destruirán (física y psicológicamente) si se destruye la economía? ¿No debería el gobierno argentino bajar sueldos de empleados públicos, disminuir impuestos y cargas para las empresas, habilitar excepcionalmente recortes salariales transitorios, e invertir en un plan de testeos masivos que permita aflojar la cuarentena, aunque sea de forma intermitente, según evolucione el cuadro sanitario? ¿Cuál es la opción del mal menor en las actuales trágicas circunstancias?

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