martes, 27 de enero de 2026

Los verdaderos destructores de Occidente


Fuente: TDP.
    Paradojalmente, Occidente se derrumba más rápido que antes de que asumieran el poder quienes así lo denunciaban. Ya no estamos ante el ocaso de Occidente, sino ante su liso y llano salto al vacío. Ya no son fuerzas externas las que lo presionan, sino el disparo de su parte contra su propio pie.
    Lo que llaman Occidente —básicamente, los valores de la libertad, la democracia y la tolerancia— es en realidad la Modernidad. Occidente pudo haber sido el foco de la primera modernización masiva, o la civilización cultural donde los valores modernos más abundan. Pero el declive de Occidente es el retroceso de su modernidad.
    En el Foro de Davos, el presidente argentino, Javier Milei, basó buena parte de su discurso en la idea de que Occidente está muriendo. Al mismo tiempo, le guiñó un ojo a Trump, a quien admira y apoya abiertamente. Pero Trump está empeñado en destruir la democracia americana y la OTAN, las dos instituciones más fuertes que protegieron a Occidente en los últimos 80 años. Dos instituciones que brindaron un enorme paraguas de seguridad, precisamente, a la libertad, la democracia y la tolerancia.

    Que Trump no cree en la democracia es evidente. Lo ha dicho él mismo. Ha elogiado a dictadores como Putin, Xi Jinping o Kim Jong Ul. Ha afirmado que tiene derecho a indultarse a sí mismo, que sería lo mismo que colocarse por encima de la ley. Fanfarroneó públicamente con la idea de que sus seguidores son tan fanáticos que podría dispararle a alguien en plena Nueva York y seguiría ganando elecciones. Ha renegado del compromiso histórico de Estados Unidos (bien o mal implementado) de promover la democracia en el extranjero. Desconoció la legitimidad del proceso electoral estadounidense e intentó perpetuarse en el poder por la fuerza con la trágica toma del Capitolio del 6 de enero de 2021, que alentó y permitió por inacción, indultando posteriormente a sus perpetradores. Y se ha embarcado en una campaña de persecución política, mediática y judicial contra funcionarios independientes y medios críticos.
    Algunos pretenden pintarlo a Trump como un mero negociador duro, que aplicaría la “teoría del loco” para presionar desde su imprevisibilidad. Sin embargo, está aplicando el manual del populismo y la autocratización progresiva. De hecho, según uno de los politólogos más renombrados e influyentes de Estados Unidos y del mundo, Steven Levitsky, gracias a Trump la primera potencia mundial ya no es una democracia, sino un “autoritarismo competitivo”. Esto es, una autocracia con elecciones y campo de juego desnivelado. Los matones —como los mafiosos o los dictadores— pueden ser buenos negociadores en el corto plazo debido a su falta de límites y a su violencia. Pero eso no es un mérito. Es como jugar con trampa. A largo plazo, esa trampa destruye las instituciones, quiebra la confianza y anula la cooperación y la libertad. Más que un negociador duro, Trump es un mono con navaja; un aspirante a dictador con evidente patología mental que se hizo con el control del aparato militar-industrial más poderoso de todos los tiempos. No hay otra forma de entender su enojo con María Corina Machado por haber ella aceptado el Premio Nobel que él deseaba. Ni tampoco su posterior presión para que ella se lo transfiriera a cambio del apoyo para la democratización de Venezuela.
    Estados Unidos ya no es percibido mundialmente como la democracia indestructible que solía ser. Ese era su gran capital para liderar el mundo, construido poco a poco a lo largo de dos siglos y medio, y lo ha perdido en unos pocos años gracias a Trump. El ejército más poderoso del planeta ya no está en manos de instituciones plenamente confiables. Y las democracias liberales ya no cuentan con Estados Unidos como su custodio eterno. Fue un error de su parte descansar al 100% en el paraguas de seguridad americano y no invertir en sus fuerzas armadas como debían. Pero nadie contó con que el populismo autocrático infestaría la democracia más antigua y estable del planeta. Era algo completamente inimaginable hasta la llegada de Trump a la Casa Blanca.
    Y menos imaginable aún era que el presidente de Estados Unidos atacaría a la OTAN, creada por Estados Unidos para proteger a las democracias liberales de Europa. Es falso que se trate de una estrategia para estimular el rearme europeo. Dicho rearme podía estimularse —y, en cierta forma, ya se lo venía estimulando— de mil maneras distintas sin traicionar a Ucrania, sin tirarle un salvavidas a Putin y sin amenazar con una guerra a Canadá y a Dinamarca, dos democracias ejemplares. La OTAN ya no será lo que era. Ahora Europa deberá rearmarse y tomar la posta para liderar al mundo libre ante la agonizante democracia estadounidense y lo patológicamente imprevisible del matonismo de Trump.
    ¿Quiénes están destruyendo a Occidente, entonces? ¿Los inmigrantes que cuanto mucho pueden generar cierta resistencia y malestar (a veces justificados) en la población nativa? ¿O el extremismo de derecha que está destruyendo las dos instituciones más vitales y poderosas del mundo libre: la democracia estadounidense y la OTAN?

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